sábado, 17 de marzo de 2012

El rapto existencial en la poesía de Hanni Ossott

“Aguarda,
hasta que nunca más se sienta el
cansancio y escalando como si sólo
existiese el ascenso del vuelo que
deshace”

Elizabeth Schon


Hanni Ossott es una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea; nace en Caracas el 14 de febrero de 1946 y fallece en esta capital, el 31 de diciembre de 2002. Licenciada en Letras en la Universidad Central de Venezuela y Profesora de la Escuela de Letras en dicha casa de estudios, donde dicta durante veinte años, varias asignaturas, todas ellas, enmarcadas dentro de su propia visión del existir, en el área de la poesía y la reflexión poética y filosófica: “Necesidades Expresivas”, “Poesía y Poetas”, “Literatura y Vida”, “Poesía y Pensamiento”, nos dice:

“la obra no sólo como un trabajo sino como el resultado de un estado del alma y de un vivir” 1 .

Recibió el Premio Nacional de Poesía Francisco Lazo Martí, el Premio Nacional en la II Bienal de Poesía José Antonio Ramos Sucre (1972), por su primer libro “Formas en el sueño figuran infinitos”, Premio Municipal de Literatura Mención Prosa (1987) y el Premio CONAC de Poesía (1988).

Es una unidad indisoluble su vida y su obra. Su poesía nos da una límpida versión de sí misma, sin escamoteos, sin mistificaciones ni falsos idealismos. Vivió su verso como su mundo en su existencia, en actitud de incesante perplejidad, de asombro vital ante el existir, de indagación de la vida; su voz poética arraigada siempre en una experiencia vital, es la que habla, en los extremos, hacia los peligros del límite, en el borde:

“Al borde de la tierra
al ras
tragando durezas” 2 (“Por el vivir”)

Sus poemas, son espacios ceremoniales donde se exalta la nostalgia de los imposibles, los riesgos internos del adolecer, la tentación nocturna, el placer, la muerte y los espejismos, con un aguijón que desgarra y cauteriza al mismo tiempo.

Su obra, ahonda en contenidos filosóficos de la mano de las llamadas por María Fernanda Palacios sus “voces tutelares”, las de Rilke, Nietszche, Heráclito, Hiedegger, Lawrence, Bataille, Hölderlin, Broch, Virginia Wolf, Thomas Mann, Blanchot, Goethe, Kavafis, Borges … mas, si queremos situar a Hanni Ossott en algún epicentro poético, éste será la figura señera del poeta austríaco Rainer María Rilke (de él tradujo la obra “Elegías de Duino”).


Todo esto nos deja en su extensa bibliografía poética, en un lenguaje punzante, revelador de un temple que embarga provocando perplejidad y desazón; en la poetisa no es cuestión solamente de oficio, dedicación, agrado o don; es una pasión con todas las exigencias e implicaciones que comparte esta palabra.

Hay en su obra poética, términos recurrentes, emblemáticos, nudos del entretejido, dominios del vértigo creativo, y a ellos queremos referirnos en esta ponencia: la herida esencial, el abismo, lo otro, la extrañeza, la noche, la nada, la muerte, la cura y el amor. Son a la vez, palabras-signos que reitera sin cesar, sin tregua, que conviven en sus espacios tratando de conjurar, exorcizar y sanar. Ellos nos recuerdan, la herida fundamental, la desgarradura, el viento, la noche, el silencio y la nada, de la poetisa argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972), con quien guarda no pocas semejanzas en su cosmovisión lírica.


El acto inquietante del vivir, graba la escritura de la poetisa Hanni Ossott con lo que ella llama la herida esencial :

“La herida
en el abrazo
el miedo
la contención
el beso en el miedo
la fuga, los regresos” 2 . ( “El cuido”)


La existencia es elusiva, abrumadora, apabullante, y hay que intentar descubrirla desde el misterio. La herida, nos coloca ante la realidad de un cuerpo dionisiaco, nietszcheano, con su plena carnalidad, su ardorosa sensualidad, su anhelo y embriaguez, pero, un cuerpo herido, escindido:

“Los hombres se van
como a pedazos
de a ruinas
de a despojos.
(…)

atrás, siempre atrás
hacia nada.” 2 (“Muerte”)


Es la herida la que reclama la conciencia de la pérdida y el ansia del recobro, en una naturaleza despedazada en individuos, en una remoción psíquica dominada por la desolación, la vulnerabilidad, las limitaciones y las formas de morir; y en ella, nos dice la poetisa, reside la creatividad.

La herida, es huella de la pérdida y su vacío, del duelo y el enigma de la ausencia, del amor y su coraje, el centelleo de la caricia y su inmolación, de la rebeldía como antesala poética y la ardorosa pregunta de cara al misterio del vivir, a la contradicción del tiempo, lo insólito que se oculta siempre.

Para la poetisa, la palabra es ascua y fuego crepitante que se erige desde la herida misma, afirma: “de la literatura me importa el fuego” 1, es asomarse al abismo, donde el ser muestra su escisión, su fragilidad, es ese abismarse como opción vital, esa su fuerza inmanente del existir frente a lo otro:

“Prevalece que haya los otros y lo otro
la <>
el más allá de mí
y el más allá de ti
la extrañeza
de lo que nunca puede alcanzarse ” 3 (“Prevalece lo raro”)


La fragmentación de la conciencia, la del inconsciente, de la simultaneidad de los tiempos, de lo originario y lo ignoto, de la desmesura y la excedencia, de la experiencia y lo raro, el extrañamiento, en otra palabra-signo la extrañeza:

“Mis piernas flaquean
mi corazón arde
mi sacralidad me mata
Oh Dios
¿cuál será mi camino?
Escucho voces
pero ¿cuál es para mí?
¿qué puedo decir ante tanto extrañamiento?” 3
(“Extrañamiento”. A Rainer María Rilke)


Hanni enfrenta su mundo poético con su trasgresión, su rebeldía, todo aquello que para la conciencia “normalizada” pasa inadvertido, para esa conciencia sometida, ahogada en vivencias estériles y condenada al disparate de la cotidianidad: “La paz apática.” 3 como la llama, que nada teme tanto como a la exaltación, a la lucidez exasperada, al lugar donde el límite de lo posible es transgredido y lo vedado se confronta, a las sombras interiores , a todo aquello que salga del riel de lo habitual.


Nos habla de la nocturnidad poética, de cómo la noche alberga el alma, la inspiración, la locura, el amor y la muerte, de cómo estas formas son por las que la poética nocturnal se expresa, de cómo el poema surge y se alimenta de la noche en un intento del dominio de la oscuridad y el convivir con ella. Escribir desde la febrilidad nocturna y jamás desde esas zonas intermedias y neutras.


“La Noche se va haciendo en mí
profunda
revocable como una estación
La oscura esfera de lo oscuro
ha inundado mi ámbito
y se cierra como el beso de dos cúpulas
Ya yo no sé cuál es mi fondo
Soy ahora la noche entera” 4 (“La noche y la luz”)


La nada, otro de sus vértices del pensamiento, entrelazada siempre con las imágenes del abismo y la extrañeza, congregando un espacio, el abismo, y un estado, la extrañeza, donde el cuerpo se silencia para regresar a su íntima esencia. Contra la nada, la poetisa conjura la creatividad, desde la nada, le es posible el encuentro que permite tolerar lo que se nos niega. Su poesía habla de lo inexpresable, lo por asumido nada conocido, lo inusual, captando el colapso del instante, ocupando el lugar del espacio inexistente, sintiendo la herida del desgarramiento que siempre causa la extrañeza del existir.

“Estoy en una playa sin fin
mi alma se despliega
inconsulta
hacia una rara nada” 5 (“Ser”)


En la muerte, la poetisa se atreve a morir más allá de la muerte física, cavila sobre el morir del individuo, ese morir parsimonioso, anónimo, indiferente y eterno:

“Mira cómo de mí mismo todo se separa
se me deshabita
seré ahora lo eternamente desplazado
Y mis escombros . . . ¿dónde?
¿Y la sensación de roce entre mis dedos y una
superficie lisa?
Lo posible . . . ¿dónde? ” 6 (“Lo desalojado”)



El perenne y oscuro contraste irresoluble entre la vida y la muerte, está siempre presente en la poesía de Hanni, siente el anhelo angustiado de acabar y no ser y un ansia de crear y de ser, cruzando el límite del sobresalto, de la espera sin término:

“Ahí va la urna
Y yo no tengo lágrimas
sólo besos
y un puño alzado, erecto
por el misterio, por la rabia ” 3 (“Sólo un cuerpo”)


Un constante aprender a perder suave o bruscamente con el vivir, pérdidas que demandan memorias y olvidos, ausencias, abandonos, extravíos, el desvanecerse de las cosas, del dejar de ser instalándose frente a la rareza del existir, donde el ser humano se religa a lo infinito y lo nimio, al asombro y a un Dios, al deseo y a la esperanza, al vacío y al grotesco absurdo de lo eterno, imposibilitado de pactos fáusticos. Morir no es solamente “irse del mundo”, es también padecer la relatividad de la existencia, la flaqueza de los hechos, la extenuación de lo circunstancial.

Mas, Hanni Ossott, anhela también curar la herida, así, denomina a la poesía, la cura, el poeta debe vivir en una continua cura al mantener la tensión lírica y la presión del sentir de su espíritu; en este sentido, el quehacer poético conjura e intenta sanar. Escribir, es intentar curar la herida esencial, porque todos estamos heridos:

“Porque también hay risas junto a la zozobra
extrema tensión de la alegría
desbordes para la noche oscura
éxtasis
colmación.” 5 (“El reino donde la noche se abre”)


“Debo pensar en el espacio más luminoso del mundo
Delfos, lugar nocturno hecho luz
Es preciso
es preciso realizar de la Noche la Luz.” 4 (“La noche y la luz”)



Su palabra creadora celebra desde la ruina, ilumina desde la sombra, es esa luz nigromántica de la que nos habla Héctor A. Murena en “La metáfora de lo sagrado”, es un querer hacer posible lo imposible, es movimiento en algún espacio, es instante, ráfaga, impulso; escribir poesía para Hanni, es trazar una geografía del alma desde la memoria que guarda cual vasija las visiones, las rachas de sentimientos, las imágenes y las tensiones. En ella, la poesía es escucha y receptividad.

La pasión y el error, la enrancia y el esplendor, la signan, siempre cerca del “duende” o como diría Rafael López Pedraza, cerca del “toque dionisiaco”. El hecho poético entra por la piel, es una efervescencia un “yo soy otro” en palabras de Rimbaud, no existe en ella la certidumbre, en su lugar la intuición, ese saber no racional que preconizaron los románticos, las visiones, los delirios, el desgarramiento interior para alcanzar lo invisible y así llegar a la otredad, en un espacio de inspiración donde la fertilidad y ebriedad del sentir se transfiguran, celebrando poéticamente, reteniendo fugaz y desesperadamente la vida con el verso, sosteniendo la palabra en la lucha con el silencio y girando al contrario del remolino de la nada. En su escritura emocional conmueve y seduce su palabra dolida.

Y en el amor, del deseo la imagen suena, es palabra sonora:

“extender infinitamente el beso
Que dure toda una noche
toda una eternidad.” 3 (“El beso”)

“Por asalto el amor
sin preguntas
por asalto el cuerpo
los cuerpos
y comienza la danza
(…)
rotación de cuerpos
canto elevado canto
a la sacra pasión del cuerpo.” 3 (“Cuerpo”)

“Hay una mordida profunda
incisiva
en el centro de mi sexo
por la cual yo me erijo como yo misma
y soy,
y poseo y dono
(…)
Me cruza una pendiente
me traza un precipicio
en el amor…
y en todas mis secretas junturas
con cuido, con recelo, tu te avienes a mí ” 3 (“La mordida profunda”)

Es Hanni Ossott, un espíritu que padece su herida, se asoma al abismo, siente profundamente la extrañeza frente a lo otro, a la muerte, a la nada, al amor, y busca infatigablemente en el alma de la noche, la cura en cada uno de sus poemas. Es su poesía un rapto existencial que cautiva con su visceral insistencia en desentrañar instantes que prolongará en el verso, momentos abiertos al tanteo continuo en sus poemas:

“Y todos buscando a sus propios dioses. Los dioses de las rocas son los ríos. Los dioses del río: el cristal. Los dioses de los hombres: lo que no somos, nuestros nombres situados en otras zonas, nuestros nombres incompletos y nuestros actos hechos de piel y de sueño.” 7 (“Espacios para decir lo mismo”).