jueves, 21 de abril de 2011

Cornelia frente al espejo. Silvina Ocampo. Segunda parte.


—Al día siguiente, como si nada hubiera sucedido, Elena Schleider y sus huéspedes me llevaron por la tarde al cinematógrafo. Elena Schleider hizo algún comentario sobre mi palidez morbosa, sobre la necesidad de cortarme el pelo y enseñarme a tener mejores modales. La odié como sólo se odia a una persona que uno ha adorado. Entonces concebí mi venganza. Al día siguiente robé la cigarrera de oro y poco tiempo después la vendí para comprar un anillo a Pablo. Tuve que esperar la oportunidad para regalárselo. Elena Schleider había salido para hacer unas compras. Todos los huéspedes jugaban a las barajas, salvo Pablo. Temblando me acerqué a él y le dije:"Creo que me odias y no puedo seguir viviendo así".
"Pero mi hija ¿cómo puedes creerlo?".
"Entonces, si no me odias, te regalaré este anillo que conseguí a costa de muchos sacrificios. ¿Lo usarás?. Contéstame. ¿Me oyes?".
"¿Qué dices?. Perdóname. Estoy estudiando una materia muy difícil".
"Conseguí a costa de muchos sacrificios este anillo de oro y quiero que lo uses. ¿Lo usarás?".
"No podría; de ninguna manera. Nunca usé ni usaré un anillo. Además, es un anillo de compromiso".
"Qué importa que sea un anillo de compromiso".
"Importa mucho. No me gustan los símbolos".
"Si no quieres usarlo en el anular, entonces podrías usarlo en tu llavero".
"Es una tontería. ¿Quién usa anillos en el llavero?. ¿Quieres decirme?. ¡Tienes unas ideas!".
"Te arrepentirás toda tu vida".
"¿Volverás a llorar?. Cornelia, mi paciencia tiene un límite".
"Si no lo usas en tu llavero voy a matarme. Hoy mismo, hoy mismo”.
"No grites. Toda la casa va a oírte. Es lo que quieres, ¿verdad?. Dame el anillo. ¿Estas satisfecha?. ¿Comiste dulce? Está sucio”.
"No".
"¿Qué quieres que haga ahora?. ¿Que me mate?. ¿Qué pretendes?.
¿Vuelves a llorar?".
"Tengo que decirte algo”.
"Dímelo pronto. No me tortures".
"Voy a tener un hijo".
"Lo que me dices sobrepasa mi entendimiento. Estás loca. Estoy loco. Estamos tal vez todos locos. Pero creo que mientes".
"Digo la verdad. Siempre la verdad. ¿Quieres que me vaya?".
"Pablo, ¿no me oías?".
"Estaba estudiando. En esta casa es muy difícil estudiar. Por no decir imposible".
"La vi salir a Cornelia con los ojos rojos de lágrimas. ¿Qué tiene esa niña, puedes decirme?".
"Es niña. Conoces esa desdicha. Tú también lo fuiste".
"Siempre fui feliz. Feliz como los pájaros".
"Hay niñas que sufren a los once años".
“¿Por qué a los once años?. Nunca he entendido esas cosas. Explícamelas".
"Si no lo sabes, no puedo explicártelo".
"Piensas que no soy sensible, ¿verdad?. Piensas que mi alegría es un poco absurda, un poco fría".
"No digas cosas que no sientes. Sabes que te adoro".
"Cuando estamos rodeados de gente, cambias. Cambias horriblemente".
"No seas pueril. Estás más linda que nunca. Es la primera vez que te veo vestida de amarillo".
"Es el color de los celos, el color de la retama".
"No eres celosa. En tu cuarto, en tu pelo, en tus manos, hay un olor a retama, aun después de que pasó la época de su florecimiento".
"Fui retama en otra reencarnación".
"¿Retama o jazmín?".
"Retama y jazmín".
Me había escondido para escuchar la conversación. Elena Schleider, que me vigilaba, se enteró de todo. Enfurecida, se lo dijo a mis padres, que tenían muchos hijos y son muy religiosos; ante mi impasibilidad, me echaron de la casa. El cuento del hijo fue mentira, pero gracias a esa mentira, mi tía quiso protegerme y me tomó como empleada en su casa de modas, a condición de que no me dedicara al teatro. Elena Schleider amenazó matarme si me encontraba con Pablo. A mi vez, para vengarme, fingí enamorarme de otro muchacho; mi venganza resultó nefasta, pues me enamoré, y Pablo comenzó a perseguirme. ¡Con un automóvil muy lujoso!.
—¿Y todavía está enamorada?.
—No. ¿Usted siempre lleva bigotes?.
—Cuando salgo solamente. Para entrecasa me los quito.
—Quíteselos.
—¿Por qué quiere suicidarse?.
—¿Por qué lleva bigotes postizos?.
—¿Por qué quiere suicidarse?.
—No importa por qué. Ahora tiene que matarme.
—Me ha contado una parte de su vida. ¿Acaso es la más importante?. Falta la otra. ¿No tuvo cinco, seis, siete, ocho, nueve años?. ¿No tuvo viruela o rubeola?. ¿No tuvo miedo de la oscuridad?. ¿No le contaron cuentos?.
—¿Quiere que mi vida se convierta en Las mil y una noches?. Las personas a quienes detestamos son las personas a quienes les hacemos confidencias minuciosas. Frente a ellas no podemos modificar nuestra alma. Siempre están ahí para recordarnos cómo fuimos.
—Me resigno. Para cumplir con mi promesa, usted tiene que cumplir con la suya.
—En este momento no podría seguir. Estoy muerta. Quisiera ir a La Rosa Verde y llevarle de regalo a Cristina el maniquí. Quisiera saber si el hombre ha muerto. Es mi última voluntad.
—Salgamos. ¿Podré pasar por mi casa para buscar el revólver?. Un revólver verdadero.
—¿Usted cree que alguien puede perseguirnos?.
—El revólver es para matarla a usted. Prefiero estar armado. Podría estrangularla o abrirle las venas, pero el revólver es más impersonal. ¿Y esta carta?.
—Es mi carta de despedida.
—Démela. Todo lo que se refiere a su muerte me pertenece.
—Me repugna su manera de proceder.
—¿Por qué besa su imagen?.
—Porque inspira el deseo de besarla.
—¿Y no hay que reprimir los deseos?.
—No. Mi imagen en el espejo es la mejor parte de mí misma. Salgamos. Espero que apague las luces. ¿Pero qué es esa luz que se ve en las persianas?.
—La luz de la luna. Buenos Aires es mi única ciudad desconocida. Siempre es un puerto, al que acabo de llegar.
—Los espejos son muy importantes. Son el alma de una casa. Los espejos romanos eran pequeños y a propósito para tenerlos a mano.
—No me gusta ver mi perfil. Uno es cruel y el otro idiota. Rompería todos los espejos.
—¿Nadie oyó hablar del espejo ardiente o ustorio?. Se le dio ese nombre, en la Edad Media, a un espejo cóncavo o parabólico que recogía todos los rayos del sol en un punto llamado foco, donde el calor era tan grande que quemaba. ¡Qué sabia soy!. ¿No admira mis conocimientos de historia?. ¿Arquímedes no abrazó en Siracusa la flota de Marcelo; y Proclo, ingeniero del emperador Anastasio, no quemó en Constantinopla la flota de Vespasiano, con espejos?. En el santuario de Démeter, en Patras, había una fuente sagrada que alimentaba un estanque, en cuyas aguas, combinadas con un espejo, se hacían adivinaciones.
—Yo también creo en la magia, en los naipes, en la transmisión de pensamientos, en la telepatía humana.
—En un templo situado cerca de Megapolis, dice Pausanias que todo el que se miraba en su espejo se veía a sí mismo muy confusamente o no se veía en absoluto, pero las imágenes de los dioses y sus tronos relumbrantes se veían con claridad. ¡Qué extraña luz rosada entra por la ventana!. Creía que estaba en Megapolis. Creía que era el amanecer. Qué íntimas son las calles, en verano, aunque nos sintamos forasteros. Me olvidaba del maniquí.
—Me olvidaba de los bigotes.
—¿Por qué se disfraza?.
—Para no reconocer a la gente.
—No se nada de ti. Creo que la confianza debe ser recíproca. ¿Por qué no me hablas?. ¿Por qué no me cuentas tu vida?.
—Conozco partes importantes de tu biografía, no lo olvides.
—Los acontecimientos de la vida no forman el carácter de una persona.
—Y la conducta de una persona frente a los acontecimientos ¿no indican el carácter de una persona?.
—De ningún modo. Hay personas muy difíciles de conocer.
—Te conozco. A nadie he conocido tanto. En el fondo quieres ocultarte, ocultar tu verdadera personalidad. ¿Por qué no me cuentas tu sueño de anoche?.
—¿Qué obligación tengo de contarlo?.
—Es natural. ¡Qué púdico!.
—Los hombres son muy púdicos.
—Y las mujeres muy desconfiadas. No creo lo que me dices.
—¿Y para qué voy a mentirte?.
—Para conocerme un poco más de lo que crees que me conoces.
—No te miento. Soñé que me matabas.
—¿Quieres hacerme creer que tuvimos el mismo sueño?. Vamos a ver, te maté ¿Y qué más?.
—Me arrancaste el cuchillo que estaba a punto de clavarte. Mientras te abrazaba me lo clavaste.
—Te comportaste como una vulgar reina, en su vuelo nupcial. ¿Y el negro?. Ese negro que tenía un niño en sus brazos ¿quién era?. ¿Por qué usaba una máscara?.
—Era Claudio. Pero era también el incendiario.
—¿Cuáles serán tus deseos para que hayas tenido ese sueño?.
—Qué absurdo eres. Pensar que pasaba todas las mañanas frente a La Rosa Verde y creí que la calle Esmeralda era una vulgar esmeralda. Cuántos días han transcurrido desde ayer.
—Pensar que pasabas todas las mañanas a mi lado, sin verme, y yo sin verte. ¿Por qué vinimos a este sitio?. Preferiría la misma prisión, con la ventanita pegada al techo, con las pilas de cajas de sombreros.
—No podíamos quedarnos definitivamente allí. Nos hubieran comido los ratones.
—Me reconcilié con los ratones en esta casa. Tenían una manera de mirar tan graciosa como los ratones que obedecían a San Martín de Porres.
—Tengo miedo.
—¿De qué tienes miedo?.
—No sé.
—Estarás nerviosa porque no has dormido. Tienes miedo del hombre. ¿Temes que haya muerto o que no haya muerto?.
—No es eso.
—Tienes miedo de encontrarme con gente.
—No. Temo que Cristina no viva, que nunca haya vivido.
—¿Y ése es un motivo para tener miedo?.
—Sí. Tengo miedo de que Cristina no exista, que haya sido una aparición. Y si ella lo fuera, también tú lo serías.
—Existo. Existes. Existe el beso que nos dimos.
—Jamás nos dimos un beso. Si crees que nos hemos besado, es que has besado a un fantasma.
—Existen las pilas de cajas, existe el depósito de sombreros, existen los adornos y los fieltros.
—Todo parece tan irreal. Tendría que lastimarme para saber si existo.
—No te apresures. Siempre hay algo que nos lastima.
—Pero me refiero a una herida de esas que sangran, a una herida hecha con un cuchillo. Por ejemplo, si tuviera un cuchillo me lastimaría.
—No has dormido. Estás nerviosa.
—No tienes imaginación.
—Pero tengo memoria. Tuvimos el mismo sueño. Mi vida es muy pobre. Si te la contara, no seguirías contándome la tuya. No hay tiempo para tantas confidencias. En las sociedades secretas de indios americanos sólo se admiten adeptos que hayan tenido ciertos y determinados sueños. Sin esos sueños no pueden entrar en esa sociedad. Nosotros tuvimos el mismo sueño...
—Es cierto. ¿No habremos tenido desde que nacimos los mismos sueños?. Cuéntame los tuyos. Habrás soñado mucho antes de conocerme. Yo sueño siempre conmigo. Cuando era muy niña, tenía conversaciones con mi propia imagen. Le hablaba con un millón de voces. De noche soñaba con este espejo; tal vez fuera por influencia de mis lecturas: Alicia en el País de las Maravillas me fascinaba. Dicen que en el momento de morir uno recuerda todos los instantes de la vida. Al disponerme a morir esta noche, reviví frente a este espejo las sensaciones de mi infancia.
—¿No piensas como Stendhal que "el amor es el milagro de la civilización"?.
—¿Todavía tienes ilusiones?.
—Todavía.
—¿Cómo te llamas?.
—Daniel.
—Daniel. Es mi nombre predilecto. En la Historia Sagrada imaginé a Daniel un millón de veces, en la fosa de los leones. Tus ojos son tan claros que me hacen creer en la verdad. Lástima que nos hayamos encontrado el último día.
—¿El último día?.
—Sí, el último día de mi vida.
—A nadie se le ocurriría pensar que acabamos de conocernos y que por eso tendrías que serme totalmente indiferente, como yo te soy totalmente indiferente.
—Si sientes por mí la misma indiferencia que siento por ti, estoy tranquilo. Pero no juegues tanto. No podría hacerte sufrir. Jamás podría hacerte sufrir.
—¿Dejarías todo por mí?.
—Moriría por ti. Y tú ¿vivirías?.
—Hace muy poco que nos conocemos. Y ahora toda esa cuestión del suicidio ¿te parece absurda, verdad?.
—¿Por qué prometiste matarme?.
—Para evitar un suicidio. ¿Quién es Cristina?.
—Es una niña de diez años.
—¿Y qué puede importar una niña de diez años?.
—Es misteriosa, y además tiene diez años, una edad bastante misteriosa. No sabemos qué hace ni sabemos si existe.
—¿Y qué va a hacer esa niña con el maniquí?.
—Le gusta más que una muñeca. ¿Por qué no me dices tus secretos?.
—Te los diré si consientes en vivir. ¿Consientes?.
—¡Cómo voy a consentir en cosas que no me incumben!. Felices los que murieron o vivieron en la época en que no existían los espejos. Nada les impedía quitarse la vida como yo quisiera con este inocente vaso. Vete. Quiero verme a mí misma en el espejo. Lo que más me gustó en el mundo fue el agua: beberla, mirarla, imaginarla. En este vaso la tengo presa, aunque esté mezclada con otra cosa menos pura. Me acercaré a besarte, espejo. Qué fresca, qué incontaminada, qué parecida a nadie eres. Pego mis labios a tus labios como si nadie pudiera separarnos jamás. Todas las fotografías son espejos de lo que fuimos, pero no de lo que somos ni de lo que seremos. Deja que me mire. Soy lo único que no conozco. Voy a beber algo mejor que la vida. Por suerte ya sé todo lo que no soy yo. Me acercaré al espejo. Quiero besarme. Nada me impedirá besarme. Nada me impedirá arrodillarme. Tu boca, espejo, es fresca como el agua. Me da miedo. No existe la distancia que nos separa, ni el frío helado de tu superficie lisa. Voy a morir ahora mismo. Me desvestiré, y quedaré desnuda. Totalmente desnuda. Si alguien se acerca, que se vaya y me deje sola bajo la mirada mía que pronto se terminará. Qué extraño ruido. ¿De dónde proviene?. Lo oigo venir desde arriba, como si algo se estuviera rompiendo. Hace tanto que vengo a esta casa y nunca lo he oído. ¿Los ratones se habrán metido detrás del espejo?. O bien algo se está despegando en esta mole gigantesca. ¿Por qué te tengo tanto miedo, espejo, si antes no te temía?. Antes me acercaba, ahora me alejo. ¿Me vas a matar?. ¿Te atreverás?. Moriré bajo tus cristales. Me arrodillaré a tus pies. Me taparé la cabeza con mis brazos para no ver caer tu cascada de vidrios. Qué porquería eres. Me buscaré a mí misma en todos tus pedazos: un ojo, una mano, un mechón de pelo, mis pies, mi ombligo, mis rodillas, mi espalda, mi nuca tan querida, nunca podré juntarlos.
—Poca voz me queda. Los que me buscan son las alimañas, los ratones, el polvo. La muerte de una persona no es igual a la muerte de un espejo. No creí tener esta suerte de morir contigo.