jueves, 21 de abril de 2011

Él para otra. Silvina Ocampo

Él para otra

Esperaba verlo pero no inmediatamente, porque hubiera sido demasiado grande mi perturbación. Siempre postergaba nuestro encuentro, por algún motivo que él entendía o no. Un simple pretexto para no verlo o para verlo otro día. Y así pasaron los años, sin que el tiempo se hiciera sentir, salvo en la piel de la cara, en la forma de las rodillas, del cuello, del mentón, de las piernas, en la inflexión de la voz, en el modo de caminar, de escuchar, de colocar una mano en la mejilla, de repetir una frase, en el énfasis, en la impaciencia, en lo que nadie se fija, en el talón que aumenta de volumen, en las comisuras de los labios, en el iris de los ojos, en las pupilas, en los brazos, en la oreja escondida detrás del pelo, en el pelo, en las uñas, en el codo, ¡ay, en el codo!, en la manera de decir ¿qué tal? o realmente o puede ser o ¿a qué horas? o no le conozco. No, Brahms no, Beethoven, bueno, algunos libros. El silencio, que era más importante que la presencia, tejía sus intrigas.

Ningún encuentro, que no fuera totalmente absurdo, se producía: un montón de paquetes me cubría y él, comiendo pan y empuñando una botella de vino y una de Coca-cola, pretendía estrecharme la mano. Invariablemente alguien tropezaba y el adiós resultaba anterior al ¿qué tal?. El teléfono llamaba, equivocado siempre, pero la respiración de alguien correspondía exactamente a su respiración, y surgían entonces, en la oscuridad del cuarto, los ojos de él, en el color aparecía el timbre de aquella voz sin fondo, una voz que la comunicaba con el desierto o con algunas ramificaciones de un río que corre entre las piedras sin llegar jamás a su desembocadura, un río cuyo nacimiento, en las más altas montañas, atraía a los pumas o a los fotógrafos que venían de muy lejos a ver esas maravillas. Me agradaba ver a personas parecidas a él. Algunas que tenían mirada casi idéntica, si entrecerraban los ojos; o un modo de cerrar totalmente los párpados, como si algo doliera.

Me agradaba también hablar con personas que solían hablar con él o que lo conocían mucho o que irían a verlo en esos días. Pero ya el tiempo corría, como un tren que tiene que llegar a destino, cuando el guarda golpea la puerta del pasajero que está durmiendo o anuncia la estación próxima, el término del viaje. Teníamos que encontrarnos. Tan acostumbrados a no vernos estábamos que no nos vimos. Aunque no estoy segura de no haberlo visto, siquiera por la ventana. En aquella luz tenebrosa de la tarde, sentí que algo me faltaba.

Pasé frente a un espejo y me busqué. No vi dentro del espejo sino el armario del cuarto y la estatua de una Diana Cazadora que jamás había visto en ese lugar. Era un espejo que fingía ser un espejo, como yo inútilmente fingía ser yo misma.

Entonces sintió miedo de que se abriera la puerta y que él apareciera en cualquier momento y que terminaran las postergaciones que mantenían vivo su amor. Se echó al suelo sobre la rosa de una alfombra y esperó, esperó a que dejara de sonar el timbre de la puerta de la calle, esperó, esperó y esperó. Esperó que se fuera la última luz del día, entonces abrió la puerta y entró el que no esperaba. Se tomaron de la mano. Se echaron sobre la rosa de la alfombra, rodaron como una rueda, unidos por otro deseo, por otros brazos, por otros ojos, por otros suspiros. Fue en ese momento cuando la alfombra empezó a volar silenciosamente sobre la ciudad, de calle en calle, de barrio en barrio, de plaza en plaza, hasta que llegó a los confines del horizonte, donde empezaba el río, en una playa árida, donde crecían las totoras y volaban las cigüeñas. Amaneció lentamente, tan lentamente que no advirtieron el día ni la falta de noche, ni la falta de amor, ni la falta de todo por lo que habían vivido esperando ese momento. Se perdieron en la imaginación de un olvido -él para otra, para otro ella- y se reconciliaron.

Cartas confidenciales. Silvina Ocampo

Cartas confidenciales
Querida Prilidiana:
Desde los días de la escuela que no nos vemos seguiste siendo mi amiga por carta y por teléfono. Ahora me gustaría verte porque te quiero, bien lo sabés, por eso te elegí madrina de mi hijo. Tengo que hablarte de Toni porque apenas te dije algo de lo que quería decirte la tarde del bautismo en que había tanta gente.
Yo adoraba a Tomi, sería porque estaba de compras y que mi hijo saldría parecido a él. Cuando Tomi cumplió siete meses, era en cierto modo la persona más importante de la casa. Pobrecito, huérfano, me toco a mí cuidarlo. Con él aprendí a poner los pañales de modo que no se mojara el resto de la ropita; con él aprendí a bañarlo, a limpiarle las orejitas y el ombligo; con él aprendí a preparar las mamaderas.
Hay cosas que nadie cree, pero que todo el mundo comenta como si creyera que son ciertas, y esas cosas se relacionan con Toni, pero para explicarlas tengo que hablar del pasado.
Apareció en casa, según me contaron, sesenta años antes de mi nacimiento (todavía vivían mis tatarabuelos), en un cuarto de la bohardilla, tal vez el más bonito del edificio, un hombre viejo, reviejo. De haberlo descubierto, yo me hubiera muerto. ¿Quién lo vio por primera vez?. Nadie lo sabe. Nadie en la casa se disputó el honor o el horror de haberlo encontrado, porque inmediatamente estuvieron acostumbrados a verlo, y nunca se les ocurrió que alguna vez no
había estado ahí formando parte de la familia, compartiendo sus penas y sus alegrías, sus bailes y velorios. Al parecer, era viejísimo, con arrugas que le cuadriculaban la cara, con pelos que parecían el interior de un colchón deteriorado.
Tengo fotografías de él: un hombre de expresión adusta, casi cruel, pero correcto en el vestir y limpio. No necesito que me digan que tenía buenos modales: me basta ver las posturas que adoptó para que lo fotografiaran. Hablo como hablaría mi abuela: era un caballero, desde todo punto de vista; de otro modo, lo hubieran echado, pues ¿quién le permite a alguien que se ha
introducido misteriosamente en una casa de familia, su permanencia indefinida?
No se le permitiría ni a un perro ni a un niño y menos a un hombre. De modo que la situación tenía que ser extremadamente halagüeña, y el viejo notablemente distinguido y bueno o pudiente. Nunca te dije estas cosas, porque me daban vergüenza. Tu abuelo se vanagloria de su árbol genealógico y que un tipo desconocido fuera como un pariente nuestro, le hubiera repugnado. Mamá, que no es cariñosa, adoraba al viejo Toni, que ya no era tan viejo y, por cada
caramelo que éste le regalaba, le daba un besito, rodeándole el cuello con los brazos cosa que a mi abuela le disgustaba, porque los caramelos estaban sueltos en el bolsillo del viejo, que ya no era tan viejo, o adentro de un pañuelo.
De tanto verlo a don Toni, nadie en la casa advirtió, después de unos años, su rejuvenecimiento. Un día, al cabo de no sé cuánto tiempo, volvió a visitarlo un amigo de su edad. Un rato de charla bastó para asombrar al amigo, que corriendo fue al cuarto de mi bisabuela y le preguntó ansiosamente, según me contaron:
—Señora Joaquina, ¿Toni es Toni o se transformó en otro?
Mi bisabuela, asombrada, le dijo:
—Se trata siempre del mismo don Toni. ¿En qué está la diferencia? Todos los santos días yo lo veo y no cambia ni por pasteles.
—Señora, la diferencia está en la edad. Se ha rejuvenecido tanto, que sólo le quedan las arrugas perpendiculares. Supongo que no se hizo hacer la cirugía estética.
—Cuando se vive con alguien durante tanto tiempo, esas nimiedades no se advierten.
Pero mi bisabuela, que siempre desconfió de don Toni, volvió a desconfiar:
—¡Qué amigo raro tiene este viejo! —le dijo a mi tía abuela—. ¿Quién se fija, a esa edad, en las arrugas? Realmente, a veces me da miedo alojar a un intruso en la casa.
Y mi tía abuela, la mayor, que lo quería al viejo (que ya no era tan viejo) con locura, contestó:
—¿Acaso no dicen en la Biblia no sabemos ni de dónde venimos ni adónde vamos?. Todos estamos en la mismísima situación. ¿Por qué llamarlo intruso a don Toni? Nosotros somos también intrusos, y si lo somos ¿por qué acusar a los otros, con desdén, de algo tan habitual?
Mi bisabuela y mi tía abuela mayor no se hablaron durante cuatro meses, y esto es la purísima verdad.
—Ese viejo trae discordias en la familia —exclamó mi bisabuela cuando se encontró a solas con la sirvienta, que era chismosa y que se lo contó al viejo, lo que provocó reyertas y reconciliaciones, que reafirmaron el vínculo que unía a nuestra familia con don Toni.
Fue en aquellas épocas cuando don Toni se dedicó al estudio de la arquitectura. No faltó quien se riera de él por haber empezado tan tarde el estudio de una ciencia tan difícil.
—Nunca es tarde cuando la dicha es buena —solía decir.
Se compró una mesa de dibujo. Estudiaba y dibujaba hasta altas horas de la noche. Cuando había algún corte de luz, encendía una vela y seguía estudiando como si nada fuera. Dibujaba planos de casas, de iglesias, sobre todo de bóvedas, como si tuviera nostalgia de la muerte. Pensaba rendir examen de ingreso a la facultad. Rindió con éxito el examen pero mi abuela después dijo que fue un embuste.
Parece que un profesor le preguntó con sorna al verlo llegar un día a la facultad:
—¿Piensa vivir por mucho tiempo? ¿Como Matusalén?
—¿Por qué? —preguntó don Toni.
—Porque si pretende recibirse de arquitecto... bueno, mejor que no siga, por respeto a los ancianos.
—¿Y por qué no? —interrogó cándidamente don Toni.
—Dentro de seis años calcule la edad que va a tener, si es que llega hasta entonces.
—No me preocupa —contestó don Toni sin enojarse—. Piano piano si va lontano.
—En efecto, será mejor que se dedique al piano, porque el lontano me parece bastante problemático de alcanzar, en su caso.
—Aprenda a hablar —contestó don Toni, peinándose la lana del colchón deteriorado que brillaba sobre su cabeza, porque empezaba a usar brillantina.
Todo esto lo sé por mi abuela, porque mami, que era una cuentalotodo, en esa época todavía no había nacido. Mamá nació cuando don Toni andaba de novio y lucía aquellos trajes tan elegantes de gabardina y un anillo con una piedra azul en el dedo meñique. Con sus planos había edificado ya una casa en el Tigre que llamaba la atención en los días de regatas por la originalidad de sus balcones, y una capilla barroca que no existía la par en Buenos Aires. El día que se comprometió, más bien el día después, vinieron él y la novia invitados por mi abuela a tomar el té a casa. La novia era preciosa y una notable guitarrista, al decir de todos. Alguna vez obtuvo un premio de belleza. Mucha gente sospechaba que don Toni se teñía el pelo, pero otros decían que el pelo había vuelto a su color natural, debido a las ilusiones de amor que habían despertado en él, gracias a la novia. Rondita (así se llamaba la novia) muy pronto se enteró
de la edad que osaba tener don Toni, aunque nadie a ciencia cierta la supiera. A ella le falló el coraje de echársela en cara, sino con indirectas, y finalmente con la devolución del anillo de compromiso, que le arrojó a la cara, en una mañana de sol. La belleza pasó después una semana sin salir de su cuarto, buscando desesperadamente en su memoria algún joven de quien enamorarse. Cuando descubrió que nadie era mejor que don Toni, don Toni la había olvidado, para atender a niñas mucho más jóvenes. La verdad es que don Toni, por despecho, se dedicó a los deportes y se rejuveneció hasta tal punto que la gente no lo reconocía por la calle. Dicen que era bárbaro. Mi abuela tenía que descolgar el tubo, por los llamados telefónicos: ¿Don Toni está? ¿Don Toni salió? No resonaba otro nombre en la casa.
Cuando se recibió, o dijo que se recibió, de arquitecto, fue todo un acontecimiento. Lo supe por un enano de la carnicería, porque mi abuela siempre negó los triunfos de don Toni y el enano siempre decía la verdad, aunque la verdad duele casi siempre. En el segundo patio de la casa, se ofreció un banquete con caviar y champagne francés. Desde la calle se veían las mesas. El
enano vislumbró hasta el color de los platos y las puntillas. Era el mes de diciembre. Mamá, que era chiquita en esa época, lloraba en su cuarto porque la niñera la dejó sola para espiar a las visitas. De aquella noche, mamá conservó una neurosis casi incurable. Don Toni estaba tan buen mozo que hasta la Pita Roca lo miró con insistencia y la Paulina Acosta, despechugada como siempre, fingió un desmayo, para que la auscultara. Tal vez esto sea un invento de una
ama de llaves (pues en esa época existían las amas de llaves y de leche), pero algo habrá de cierto; la cuestión es que tengo una foto vulgar y silvestre donde el tipo está bárbaro. Las mujeres se lo disputaban, sobre todo las más jóvenes, que preferían a un hombre ya grande y vivo y no un chiquilín tonto. Don Toni se dejaba amar con barba y todo. ¡Con qué maestría alimentaba el fuego en el corazón de sus enamoradas!. Acudían a su oficina no sólo mujeres en busca de planos de viviendas o de bóvedas, sino mujeres que lo amaban por haberlo
encontrado en alguna reunión. Muchas se arruinaron por querer construir una bóveda, sin disponer del dinero necesario. Y así transcurrieron los años, que lo rejuvenecían entre el amor y el estudio, entre los negocios y el ocio. Y así llego a la pubertad, cuando mamá se casó y se enamoró platónicamente de él, y a la adolescencia, cuando la belleza de su rostro impresionó tanto a una princesa, que enloqueció por no poder besarlo; y a la niñez, cuando los juguetes
electrónicos llenaron su cuarto y las figuritas espaciales adornaron los espejos de su armario; y a la edad insaciable y delirante de las mamaderas, cuando el hombre es como un enfermo pequeño, que no se maneja solo, porque es un niño arrugado, de pocos meses.
Son infinitas mis conclusiones: mi abuela es la culpable; sin embargo, a veces rechazo la idea loca de que Toni sea don Toni, que la n se transformó en m y el hombre en niño. Pero ¿quién podrá ahora quitarme las dudas que se retuercen en mis entrañas? Vos tal vez, porque ves las cosas de afuera.
Tomi ha desaparecido justamente en el momento en que yo he dado a luz.
La última frase que me dijo fue:
—No me gusta que uses minifalda ni vestidos transparentes y patatí y
patatá —como un viejo reviejo.
—Andá a freír papas —le contesté—, sin saber que me arrepentiría para toda la vida, porque la última frase que uno dice es siempre la que vale. Pensándolo bien, nadie lo trajo a esta casa a Tomi, como a don Toni. Pasó de la adolescencia a la infancia sin que yo ni nadie de la casa lo advirtiera. ¿Estaríamos todos papando moscas? Como si fuera hoy, a los cinco años me
mostró una foto y me la regaló diciéndome:
—Es una foto de cuando yo era viejo. No quedó otra para regalarte.
Me pareció natural, tan natural que no se lo conté a nadie; o bien me pareció tan sobrenatural, que no se lo conté a nadie. Oírlo hablar de ese modo, me hizo redoblar mi cariño por él y mi ceguera. Todos somos ciegos en el amor. Escribíme diciéndome lo que pensás de todo esto. Si el infierno existe, seguramente será el que acabo de conocer con la desaparición, que nadie
confiesa en la casa, de Toni. ¡Qué buen compañero de mi hijo hubiera sido! Se me caen las lágrimas cuando contemplo las fotos de cuando era viejito. Me dirás como la otra vez, que me haga psicoanalizar. Andá.
Mil besos de tu Paula.
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.
Querida Paula:
Leí tu carta ¡como si me hablaras en chino! ¡Y pensar que somos tan amigas!. Te complicás por nada, eso es lo que a mí me parece. Don Toni, del que oí hablar en tu casa, me daba sueño en cuanto lo nombraban. Conque don Toni, después de instalarse en tu casa, para mayor abuso, se transformó en Tomi. ¿Te lo dijo tu abuela?. Que se lo cuente a otro. Esa vieja es un quemo y vos la escuchás. Para mí que hay gato encerrado, porque decime en qué cabeza cabe que un hombre aparezca en una casa de la noche a la mañana sin que lo echen y sin que a nadie se le ocurra llamar a la policía para ver si es un asaltante, un leproso, un ladrón o un loco escapado de un manicomio. ¿No se dieron cuenta tus papis, Nena, del peligro en que ponían a toda la familia?. Qué querés que te diga, yo nunca soñé que algo así podía suceder en tu casa, con lo severos que han sido siempre con vos: "Nena, no vayas aquí", "Nena, no vayas allá", "Nena,
no vayas de pantalón y menos de minifalda, para ir al Electric de la calle Lavalle", "Ese corpiño te marca mucho", "Esa faja ¿no te ajusta?".
El día que dieron Rocco y sus hermanos, con Alain Delon, prohibida para menores de
dieciocho años, se armó la podrida. ¿Hay derecho?. Teníamos quince años: en la India, las tipas se casan a los doce. La pucha que son locos los padres que uno tiene; parece que lo odiaran a uno de puro cariño. Lo que menos entiendo es tu preocupación por Tomi. Yo quise mucho a mi
perrito Macho, pero cuando desapareció, como si ni lo hubiera conocido pensé: hay otros perritos en el mundo, y me conseguí otro más bonito, que no ensucia tanto. No digo que sea lo mismo, pero no creas que anda tan lejos; total, un chico molesta bastante. ¡Si conoceré las mañas que tienen cuando vomitan encima del mejor vestido que uno tiene!. Yo no quería tener chicos, te lo dije el día del bautismo; pero Adrián protestaba: "¿Y para qué nos casamos, vieja? Si no es para tener chicos, no valía la pena". ¿Querés creer que me enfrié después de esa frase? No contesté nada, porque si contesto soy como leche hirviendo, y si me enojo de veras, como cuando contesto, le doy con el cuchillo de la manteca que tenía en la mano. La vida es triste, querida; no hay vuelta que darle. Y todavía vos te preocupás por un fantasma, por ese Tomi, que ha desaparecido. ¿Qué más querés? Su ropita le servirá a tu hijo ¿o se fue con la ropita?
Cuando la vi, me quedé bizca. ¡Qué alforcitas, qué vainillas, qué broderie, qué bordados!
Parecía la ropa del niño Jesús, del Convento de las Niñas Harapientas, ¿te acordás? ¿O ya olvidaste nuestros chistes?. Y el cura piola, que nos confesaba: "¿Qué otro pecadito, mi hijita? ¿Qué otro pecadito?. Haga memoria". Y era siempre el mismo pecadito que confesábamos, y el mismo pecadito que quería que tuviéramos y la misma penitencia que nos daba. ¿Qué edad tenía Tomi, en aquellos tiempos?. Me dijiste que fumaron un atado de cigarrillos, encerrados en el cuarto de baño, y que te dio un beso, como de cine, cuando te desmayaste.
Era mayor que vos y después fuiste mayor que él. No tiene ni pies ni cabeza. Por más que me rasque la rodilla, no entiendo ni palote, y lo peor de todo es que me da miedo. Si a los hombres les diera por vivir como a don Ton¡, para atrás, ¿qué pasaría? Si un buen día, ya niños, desaparecieran, por lo menos no habría tantas sorpresas, sabríamos (salvo un accidente) cuánto van a vivir. ¿Sería posible, vieja, que esto pasara? Me quedan dudas al respecto, pero me parece que no voy por buen camino para tranquilizarte, así que chau, un beso para el
nene y otro para vos.
Prilidiana.

martes, 19 de abril de 2011

Vistas compartidas













Gracias por tu arte y por no dejar de jugar conmigo nunca 
Te quiero amigo, me hace feliz que seas parte de mi vida ...
Colgué algunas de nuestras inspiraciones jajaja

El parto de Guyunusa

Dos meses después de la muerte de Senaqué, un segundo hecho marcó la historia del pequeño grupo. Guyunusa tuvo, el 20 de setiembre a las nueve horas de la noche, una hija, que nació en término, por lo tanto, concebida antes de su partida de América. El relato que nos ha dejado Tanchour de este nacimiento, quien fue enviado para atender a la parturienta por Flourens, es sin duda uno de los documentos más interesantes que encontré en el curso de mi larga búsqueda en los diarios de la época:
“La mujer Charrúa realizó su parto el 20 de setiembre. Su pequeña hija, en el segundo día desde el nacimiento, padeció de una retención de orina, por lo cual el sabio Sr. Flourens me escribió en dicha ocasión para invitarme a cuidar a estos salvajes, alejados de los bosques. Antes de hablar de la niña, diré unas palabras sobre la madre y su parto “.
“Tan pronto Guyunusa, que ya había tenido un niño en su país, en las márgenes del río Negro (América del Sur), empezó a sentir los dolores de parto, buscó quedarse sola. Tomó una cuerda que pasó ocho veces por el doble picaporte de una de las puertas que estaba en la pared de la habitación, encima de donde ellos se acostaban, sobre pieles y un jergón delgado. Guyunusa dejó la cuerda bastante larga, como para que, tirando de ella, se encontrara casi en cuclillas. Cuando los dolores se hicieron más vivos, su marido, Vacuabé (sic), fue a sentarse como se sientan los sastres, por debajo de ella, de modo que la paciente pudiera sentarse sobre sus rodillas. Mientras los dolores eranfuertes, Vacuabé se mantenía tranquilo, pero cuando el dolor era débil o había pasado, tanto él incorporaba a su mujer con sus rodillas y la ponía en alto como la soltaba para producir una sacudida, como se haría para amontonar el grano en una bolsa”.
“El alumbramiento se hizo en tres horas, casi sin manifestaciones de dolor; un instante después, la mujer se levantó y fue hasta la chimenea a calentarse, sentándose en el piso. El mismo día, como los días anteriores y posteriores, Guyunusa hizo su aseo personal como de ordinario, y se lavó la cabeza en un cubo con agua fría. Tuvo un poco de fiebre de leche, pero no se detuvo nunca, comiendo carne casi cruda cuando tenía hambre, como le era habitual”.
“La pequeña Charrúa nació de término; su cabeza era muy pequeña, sus cabellos, de un negro azabache y muy gruesos, su piel, del color de la tierra de Siena oscura, como la de sus padres. Su madre dijo que no podía alimentarla, por lo que se le proporcionaron alimentos que le ocasionaron una inflamación en el vientre y también en el cuello de la vejiga; de allí la retención de orina por la cual debí colocarle una sonda. Exigí que la niña fuera alimentada por su madre, y actualmente se porta bien”.
Tanchou no asistió al alumbramiento ni fue llamado más que en ocasión de la enfermedad de la recién nacida. Fue una partera,la Sra. Lesueur, la que asistió a Guyunusa. Aún así, los detalles que recogió Tanchou dentro del ámbito de los salvajes son precisos. Están confirmados y completados por las notas inéditas de Dumoutier, de las que hablaré más tarde, y de donde extraje aquellas con relación al parto de Guyunusa. Las reproduzco aquí en su forma original, modificando simplemente el orden para hacerlas más coherentes:
“Ella (Guyunusa) tuvo el viernes 20 de setiembre, a las nueve horas de la noche, una pequeña niña”.
“Ella se lamentaba, en el momento de la llegada dela Sra. Lesueur, cuando ya la cabeza estaba encajada en la excavación de la pelvis menor”.
“Primera posición de la cabeza”.
“A la tercer contracción, ella se acostó. Tenía las piernas cruzadas, manteniéndose suspendida por una correa fijada a la altura de su pecho. Ella misma había hecho estas disposiciones en el día, sintiendo la proximidad del parto. En el suelo, una piel plegada en cuatro le servía para descansar después del dolor, y entonces dejaba la correa. Cuando el dolor volvía, Tacuabé, parado detrás de ella, la encerraba entre sus brazos y con sus manos él le apretaba fuertemente el vientre, haciéndola saltar de tiempo en tiempo, como para obligar al feto a descender por su peso. Ella se quejaba solamente durante los dolores, y se rehusaba obstinadamente a acostarse, habiendo antes dado a luz según las costumbres de su país”.
“En el momento del pasaje, cuando la cabeza ya había salido, el niño lloró. Tacuabé pidió entonces ala Sra. Lesueurque asistiera a Michaela. Previamente, no había permitido que aplicara la mano para sostener el perineo y, a causa de la posición de Michaela, con las tuberosidades is-quiáticas casi tocando los talones, fue imposible recibir al niño por delante”.
“El grito del niño no difiere del de los nuestros “.
“Inmediatamente después de dar a luz, ella se quejó de nuevo y retomó la actitud como para parir. Tacuabé la agarró y la presionó más fuertemente que la primera vez.La Sra. Lesueur, habiendo palpado el vientre, reconoció que la implantación estaba arriba y hacia atrás, y por las ligeras tracciones reconoció también que ella (la placenta) estaba aún adherida. Después de la segunda contracción, se separó. Su forma no ofrecía nada de particular, su volumen no excedía el de una placenta de5 a6 meses; era perfectamente circular y de una integridad perfecta. El cordón era muy voluminoso, más grueso que el pulgar, corto”.
“El ombligo (de la niña) está dos pulgadas encima del pubis “.
“Tacuabé, sin que se lo pidieran, trajo un cuchillo para cortar el cordón, una palangana y agua tibia que había previamente calentado para lavar a la niña “.
“Ella (Guyunusa) no se guarneció, y se tendió sobre el jergón envuelta en las pieles. A ratos se lavaba con agua tibia. No quiso hacerlo delante de los asistentes, por lo que estuvo dos horas esperando antes de asearse. Después (del parto) no quiso dejarse tocar más “.
“Ayer de tarde ella estaba abatida, con el cutis como habitualmente, los senos un poco aumentados en volumen, puntiagudos; el mamelón, no muy diferenciado y moderadamente estrechado: tenía muy poca leche. La niña mamaba con dificultad por causa de la forma del seno y de la escasez de leche, por lo que se debió alimentarla suplementariamente. Ella (Guyunusa) tenía el vientre lastimado después del parto”.

“Tacuabé estaba atento a las necesidades. Le dio su alimento al bebé con una muñeca de trapo impregnada en leche; lavó muy esmeradamente las ropas de su hija”.
“Tacuabé tuvo pequeñas atenciones para con su mujer; fue él quien la asistió durante la noche y le dio de beber”.
“Se los vio acostados sobre una piel, mirando a la niña a la luz de una vela. Parecían muy misteriosos”.
“El (Tacuabé) quiere a los niños y acarició a su hija “.
“Tacuabé parece sensible, así como Michaela, a las caricias que uno le hace a su hija”.
“Las mujeres llevan sus niños sobre la espalda… ellas se acuestan para dar de mamar”.
“Ella (Guyunusa) golpeaba la espalda de su niña para hacerla mamar”.

http://pueblosoriginarios.com/textos/charruas/charrua7.html